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viernes, 23 de marzo de 2012

En el templo de los engaños. A la hora en la que las carrozas vuelven a ser calabazas y los príncipes son sólo sapos. En un lugar tan lleno y tan vacío. Ahí te vi. 
No era la primera vez. No fue el día que te conocí, sino el día en que dejé de hacerlo. El que te desconocí. El día en el que me di cuenta que no nos quedaba nada. 
Ahí estabas vos. Ahí estaba yo. Ahí estaba ella. 
Después de tanto camino recorrido, y tantas noches de decepciones podría haber sido sólo una más. Pero no fue. Porque se derrumbó lo poco que sostenía lo que tuvimos. Se cortó el fino hilo que nos unía. 
Fue un minuto. Fue un segundo. Fue mirar. Fue ver. 
Un lugar enorme, cientos de personas y en ese instante lo único que alcancé a ver fueron dos manos: la tuya y la de ella. 
Juntas.

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